COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA

      ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA


      10.4. PODER PROPIO Y AUTOGESTIÓN SOCIAL PRACTICA

      Toda autoorganización implica un mínimo poder propio del colectivo o individuo que se organiza a sí mismo. Otro tanto ocurre con la autogestión y la autodeterminación pero a escalas crecientemente más amplias e importantes. Si no se consiguiese el mínimo pero necesario poder propio, el colectivo que se autoorganiza camina a su muy próxima autodisolución o a ser disuelto por el poder dominante. El secreto está en conquistar en el mismo proceso emancipador dosis correspondientes de poder propio. Sea la escala que sea, el problema o la situación que queramos escoger, siempre e indefectiblemente el proceso autogestionario llega al núcleo duro del problema, el del poder, es decir el de la construcción de un poder propio de ese colectivo o persona que se opone, que se resiste al poder dominante ante el que ha tenido que autoorganizarse para no seguir siendo manipulado, guiado, dirigido, dominado y oprimido.

      Miremos por donde miremos, cualquier pequeño colectivo, grupo social, mujer que inicia la emancipación de su familia o de su marido, estudiantes en sus escuelas, creyentes en sus burocracias eclesiásticas, jóvenes en sus barrios, emigrantes ante el rechazo dominante, etc., lo que en definitiva palpita dentro de cada una de estas experiencias no es otra cosa que la conquista de esa imprescindible libertad de opción consciente que va unida a la correspondiente posesión de un poder propio de decisión practica. Recordemos que aquí hay, de entre muchos, dos grandes garantías previas como son, una, la suficiente independencia de recursos de subsistencia, de no dependencia del exterior, de independencia de opción porque no se depende de lo básico, de la economía en sentido fuerte; y, otra, la suficiente independencia informativa, no sólo el libre acceso al conocimiento de los problemas sino esencialmente la posesión de medios propios de elaboración de conocimiento.

      Por poder propio hay que entender la capacidad de practicar, como mínimo, esos dos requisitos objetivos. Hay otros pero, aunque importantes, dependen de esos dos ya que sin capacidad de libre elección y superación de las necesidades, y sin capacidad de libre decisión en base a la posesión de información veraz, contrastable y elaborada por instrumentos no dependientes del poder dominante, sin ambos, es materialmente imposible practicar la independencia ante la incertidumbre. Ahora bien, esta definición quedaría coja si no se extendiese a la otra parte, al hecho también objetivo de que existe una dialéctica de pugna antagónica de poderes, entre el poder dominante que nos remite al Capital y el dominado que nos remite al Trabajo. Podríamos hablar de contrapoder por parte de los dominados, como se hace muy frecuentemente en la literatura teórica revolucionaria, pero preferimos el concepto de poder propio porque el del contrapoder siempre deja un regusto defensivo, de respuesta, y no ofensivo, creativo, de avance.

      Dado que el poder dominante se centraliza en el Capital y en sus aparatos, sobre todo en el Estado como centralizador estratégico de los sistemas represivos, tenemos que, en la materialidad social, el poder dominante y los múltiples subpoderes que de él emergen, nos remiten siempre a la centralidad estratégica de los Estados español y francés. No puede ser de otro modo. Por en contrario, dado que el poder propio se centraliza en el Trabajo y en sus sistemas de lucha, sobre todo en el poder popular como centralizador estratégico de los movimientos autoorganizados, tenemos que, en la materialidad social, el poder propio nos remite siempre a la centralidad estratégica de la independencia de Euskal Herria asegurada por un Estado propio en proceso de autodisolución consciente.

      Desde esta perspectiva podemos plantear cuatro grandes bloques en los que se puede avanzar hacia la autogestión social, potenciando a la vez sus respectivos poderes concretos. La base de su elección ha sido la síntesis de las experiencias descritas en las páginas anteriores y, a nuestro entender, designan cuatro puntos críticos a lo largo de la lucha de clases en general y más especialmente de la lucha de liberación nacional de los pueblos trabajadores.

      El primero concierne a las relaciones entre el área de la producción y el área de la reproducción de la fuerza de trabajo social, punto crítico que afecta a tres grandes problemáticas que siempre han causado grandes quebraderos de cabeza al movimiento obrero internacional: uno, la relación entre la producción y la explotación sexo-económica de la mujer; dos, la relación de la producción con el sistema educativo que forma a la futura fuerza de trabajo, y, tercero, la relación de la producción con la vida extralaboral, con la tercera edad, con los parados, con el precariado, con los sistemas sociales en su generalidad.

      Desde una perspectiva reformista y electoralista, estas relaciones son totalmente secundarias, carentes de importancia porque no afectan apenas a la mecánica institucional más que en contadas situaciones. Pero para el movimiento obrero, son problemas que se arrastran desde hace siglo y medio y cuya irresolución hace imposible el logro de la unidad de clase del Trabajo, la unidad de la clase-que-vive-del-trabajo. Más aún, una de las obsesiones del Capital es la de impedir por todos los medios que esas tres áreas no se fusionen en una totalidad autoorganizada en base al poder consejista y sovietista, sino incluso impedir que se relaciones con alguna efecto práctico.

      Históricamente, como hemos visto, el poder consejista se ha caracterizado por buscar además de la fusión de esos tres niveles, también darles voz y acción, facilitar sus sistemas autoorganizativos específicos y, simultáneamente, coordinarlos en los soviets, consejos, asambleas, batzarras o como queramos llamarlos, locales, regionales y nacionales. Un esquema así, que no es nuevo ni original, requiere, por un lado, de la libertad autoorganizativa de cada nivel y dentro de cada uno de ellos de los colectivos existentes; y, por otro lado, requiere de la respetuosa pero coherente acción interna de las organizaciones revolucionarias que militan en el seno del pueblo.

      Se trata de potenciar que en estas áreas se creen cuantas autoorganizaciones de base sean necesarias o simplemente puedan surgir. Formalmente, todos estamos de acuerdo con esta intención, hasta los más dirigistas, pero en la práctica no sucede así, y menos aún en cuestiones claves como la emancipación de la mujer, la adaptación de las organizaciones, sindicatos y movimientos para que no sólo den respuestas a los problemas sociales, sino para que se abran a la presencia de esos grupos en su interior. Todos conocemos ejemplos de sobra que demuestran qué difícil es en la práctica organizativa diaria impulsar la autyogestión de las mujeres, de los estudiantes, de las personas mayores, de lo usuarios de los servicios sociales, etc; y más aún sabemos lo difícil que es estrechar los lazos entre esos colectivos, sin llegan a existir, y el movimiento obrero.

      Sin embargo, la experiencia histórica al respecto muestra que, de un lado, se ha conseguido hacerlo; de otro lado, el Capital es muy consciente de los efectos multiplicadores de la lucha que ello supone; además, periódicamente se han repetido los esfuerzos por recuperar esas relaciones vitales, y, por último, que allí en donde se han despreciado no ha sido posible avanzar en la emancipación.

      El segundo concierne a las relaciones entre el territorio social de la reproducción de la fuerza de trabajo y el territorio de la producción difusa y flexible. Este es un problema que surge periódicamente, cuando el Capital introduce innovaciones profundas en la explotación, desindustrializa y empobrece las viejas barriadas obreras y populares, e implanta la producción desperdigada, difusa, desterritorializada en base a talleres esparcidos y distantes de las barriadas populares. Grosso modo, actualmente nos encontramos ante el tercer momento de cambio profundo en este problema crucial. El primero fue la destrucción de la unidad entre producción campesina y pequeños talleres para imponer las primeras fábricas; el segundo fue la destrucción de estas ya obsoletas fábricas y la implantación del taylorismo con su correspondiente nueva instalación urbano-fabril y, el tercero, el actual, está siendo la flexibilización, la desertización industrial de barrios y pueblos, etc.

      Grosso modo, cada cambio ha ido unido a cambios en la composición interna del Trabajo, en sus diferentes fracciones viejas y nuevas. Y ante esos cambios desestructuradores el Trabajo ha respondido adaptando sus formas de lucha y creando otras, pero nunca ha abandonado el recurso al consejismo, a la cooperación, a la autogestión sino que al contrario. Por esto, en la actualidad es más importante que nunca antes potenciar las correspondientes formas autoorganizativas que garanticen la continuidad de las relaciones entre la producción y el territorio.

      Es cierto que ya en el punto anterior, al hablar de las relaciones entre la producción y la reproducción de la fuerza de trabajo, aparecía implícitamente este segundo punto, pero adquiere su importancia propia debido a las transformaciones introducidas por el Capital. De todos modos, tenemos ya una pista de por donde van parte de las soluciones. Otras dos partes restantes van por el camino de, uno, potenciar todas las luchas que reivindiquen conquistas radicales en el acortamiento de las distancias, en la reducción de los tiempos de transporte, en la planificación alternativa de un nuevo espacio social, etc. Comprendemos que esto suene ininteligible para muchas organizaciones, pero es una cuestión crítica impedir que el Capital separe e incomunique el espacio de la producción del territorio cotidiano.

      Y el otro camino es el de potenciar el uso horizontal y democrático de las nuevas tecnologías de la comunicación para, mediante la conexión en red, volver a unir las partes que el Capital ha separado. Este camino no es nada nuevo, y ya fue resuelto bien que mal en las fases anteriores y aunque ahora parezca que no tenemos apenas futuro, no es cierto. Al contrario, todo indica que el poder de autoorganización, autogestión y autodeterminación subyacente en bastantes de estas tecnologías inquieta sobremanera al poder dominante, y por eso busca cómo someterlo al control fiscalizador y represivo.

      El tercero concierne al punto crítico de la imbricación del cooperativismo en el proceso autogestionario, teniendo en cuenta la fuerte presencia de formas colectivas de ayuda mutua, comunalismo y auzolana, que ha mantenido y actualizado nuestro pueblo partiendo de los restos del sistema nacional de producción precapitalista vasco. Hemos visto a lo largo de estas páginas el punto crítico que surge cuando no se relacionan ágilmente el cooperativismo con la autogestión social.

      Es necesario, por tanto, "comunalizar" propiedades, recuperando la memoria histórica en el sentido de que el pueblo vasco está formado por los "últimos indígenas" de Europa. Estas propiedades socializadas en forma de nuevos comunales, vendrían a conformar un fondo de propiedad social.

      Sobre esta base material de fondos recuperados para el poder popular con su correspondientes relaciones colectivas de uso, establecer un sistema socioeconómico alternativo al capitalismo, mediante la cesión usufructuaria de las propiedades sociales a sistemas autogestionarios-cooperativos.

      Desde la perspectiva usada en este texto y partiendo del poder propio conquistado por la autogestión de las cooperativas, es necesario controlar y fiscalizar la gestión empresarial cooperativa a posteriori, sin intervenir en el proceso empresarial. Para ello es preciso crear una organización centralizada supracooperativa.

      Naturalmente, esta libertad otorgada conscientemente por el poder popular exige controlar en la práctica la contradicción que se establece entre, la necesaria autonomía empresarial cooperativa y la precisa centralización administrativa. Todo ello considerando que el concepto de autogestión y el concepto de centralización no constituyen una contradicción antagónica.

      Para conectar prácticamente el cooperativismo con el proceso socialista general, es necesario, por un lado, destinar una parte de las plusvalías obtenidas por el sistema cooperativo para incentivar económicamente a las cooperativas, y, por otro lado, destinar otra parte de las plusvalías para ser redistribuida al resto de la sociedad vasca a través del organismo administrativo centralizado creado. De este modo, el sentimiento de propiedad se establece en el producto elaborado y no en la privatización del medio de producción.

      Una autogestión cooperativa de esta magnitud requiere de medidas precisas de apoyo e incentivación destinado a adecuar y aplicar un plan formativo de la autogestión a todos los niveles; consensuando entre el organismo administrativo centralizado, la coordinadora de las cooperativas usufructuarias adscritas y los estamentos intelectuales interesados.

      El cuarto y último concierne a la concienciación previa sistemática realizada por el sindicalismo sociopolíticos, organizaciones, movimientos, etc., sobre la necesidad de que la clase trabajadora de pasos hacia el control obrero y los comités de fábrica, mentalizando y formando a los trabajadores en la necesidad de llegar a la autogestión social generalizada mediante, en su momento, la creación de consejos obreros en las grandes y medianas empresas.

      Una lección permanente es que el consejismo surge en los momentos de crisis pero tiende a extinguirse cuando la situación se debilita o se "normaliza". Hasta el presente, ha resultado problemático y difícil mantener la vida real del consejismo más allá de un período relativamente corto pero intenso y vibrante. Para garantizar la continuidad de ese instrumento decisivo de la democracia socialista, es importante, además de la formación teórico-política y de la masificación de su legitimidad, también desarrollar los niveles de interrelación de los consejos existentes con las cooperativas obreras, y de ambas con la autogestión social generalizada.

      Surge aquí el problema candente de la necesidad de desarrollar instrumentos de intervención democrática de aquellos sectores sociales que no intervienen en la producción por múltiples razones, y por ello, se plantea el problema de desarrollar una democracia socialista que permita los foros de debate y decisión no sólo del pueblo trabajador, sino también de la pequeña burguesía vieja y nueva, de eso que la propaganda burguesa define como "clases medias" --técnicos, ejecutivos, autoempleados, profesiones liberales, etc.,-- y hasta de la mediana burguesía una vez debilitada estructuralmente al haberse comunalizado el grueso de la propiedad privada.

      10.5. AUTOGESTIÓN Y TRANSICIÓN AL SOCIALISMO

      La experiencia acumulada muestra que la transición al socialismo es mucho más que la nacionalización de las grandes empresas y que el desarrollo de medidas sociales avanzadas. Ciertamente, es otra cosa. Es un proceso complejo y largo durante el cual el pueblo trabajador va cercenando la dictadura del mercado, del valor de cambio, de la mercancía, y va desarrollando el valor de uso y la autogestión social generalizada. No podemos extendernos aquí en un debate prolijo sobre las formas de extinción de la ley del valor-trabajo y de extinción del dinero, y por tanto del mercado, en la sociedad socialista vasca. Ese uno de tantos debates colectivos que deben incluirse en los cursillos de formación teórico-política.

      Sí podemos sintetizar cuatro grandes cuestiones imprescindibles que ya se pueden ir practicando dentro mismo del capitalismo realmente existente siempre que, primero, exista voluntad política para ello y, segundo, siempre que esa voluntad refleje la existencia de un poder popular impulsor de esas medidas y a la vez garante de su profundización.

      Lo primero que hay que garantizar es que la extensión de la posibilidad del trabajo para toda la población en condiciones de trabajar sea, además de sin destruir otros trabajo, sobre todo ampliando yacimientos de trabajo social, de trabajo de ayuda y de apoyo, etc. La sociedad burguesa sólo genera el trabajo que el capitalismo necesita y destruye y abandona grandes yacimientos de trabajo socialmente útil pero que no pueden ser introducidos en la producción de valor y plusvalor, o que siéndolo generan poco beneficio. Por el contrario, un poder socialista puede y debe multiplicar exponencialmente las clases de trabajo socialmente útil precisamente porque son trabajos que no entran en la explotación o que rinden poco beneficio.

      A la vez de la multiplicación de las posibilidades de trabajo, hay que garantizar la libre rotación de los puestos de trabajo, conservando el derecho al trabajo, pero viendo como normal que se cambie de un puesto a otro, en la misma zona de residencia. Para ello es necesaria una formación pluridimensional, multiproductiva y global, con un desarrollo impresionante de las tecnologías descentralizadas, blandas y horizontales, y con derechos claros de meses o años sabáticos, de ciclos de reciclaje, de reserva de puestos de trabajo tras una rotación voluntaria. Naturalmente, en esta concepción, el trabajo es un derecho pero también una necesidad, estando prohibido el despido.

      Simultáneamente, mediante la permanente innovación tecnológica se premiará la reducción del tiempo de trabajo, potenciando la ampliación del tiempo libre y propio. Y dentro del tiempo de trabajo socialmente necesario, que deberá reducirse a lo estrictamente necesario, se aplicarán todos los derechos sociales, todas las medidas de higiene y seguridad en un sistema social tendente a primar la cualidad de vida colectiva sobre la acumulación privada individual de grandes fuerzas productivas. Naturalmente, el derecho de herencia quedará restringido a la media socialmente establecida según criterios democráticamente decididos respetando siempre el medioambiente y el carácter finito de los recursos energéticos.

      Que se limite el derecho de herencia no quiere decir que se prohiba toda propiedad. De hecho la inmensa masa del pueblo trabajador no tiene otra "propiedad" que sus hipotecas, deudas y tarjetas de crédito, y algunos bienes de media duración en sus casas, exceptuando el coche. Nos referimos a la propiedad social de pequeños talleres, de ramas productivas con bajos beneficios, de propiedades comunales y municipales, etc. Estas propiedades sólo son viables sin existe la autogestión social y el cooperativismo de consumo, producción y ahorro. La autogestión deberá ir extendiéndose por entre el tejido social como garantía del control popular y de sus decisiones democrático-socialistas.

      A la vez, el pueblo trabajador, la pequeña burguesía y sectores de la estructuralmente debilitada media burguesía, además de política y culturalmente derrotada, tendrá el derecho y la necesidad de potenciar múltiples colectivos de usuarios, de consumidores, de enfermos, de artistas, de deportistas, etc., que utilizando la libertad de prensa --en el sentido real del término y no del burgués-- más los instrumentos político-institucionales existentes, intervengan mediante consultan concretas o generales, referéndum y debates-decisorios en la vida pública.

      Lo segundo que hay que garantizar es la ágil dialéctica entre la creatividad de la autogestión social, y la necesaria planificación en cuestiones estratégicas. La experiencia histórica es aplastante en este sentido, y aconseja tener confianza en las iniciativas, en la creatividad y en la naturaleza solidaria y de cooperación del pueblo. Desde esta perspectiva, hay que planificar centralmente sólo los problemas estratégicos de vital subsistencia nacional, como la energía y materias primas vitales, las reservas alimenticias y de sanidad, la política financiera y económica relacionada con la defensa de los intereses de la independencia nacional, y, por no extendernos, la política defensiva en sus instrumentos fuertes, armando al pueblo en sus centros de vida y trabajo.

      Lógicamente, para todo esto es requisito elemental que la democracia socialista sea lo más operativa y crítica posible. Sólo así se puede asegurar que se interrelaciones eficazmente los fondos sociales de inversión territorial, los fondos públicos específicos, la intervención de los bancos cooperativos y de los recursos de las empresas autogestionadas, y los presupuestos públicos del Estado obrero. Lubricar estos y otros niveles secundarios para que, por una parte, no surjan fricciones egoístas, corporativistas y de castas que acumulen privilegios y luego poder, primer paso para sus deseos posteriores en dar el salto contrarrevolucionario a constituirs ene nueva burguesía renacida de sus cenizas; y, por otra parte, para que no degenere todo ello en un caos incontrolable que termine implosionando, lograrlo, repetimos exige de la intervención rectora de la mayoría del pueblo.

      Una medida necesaria para evitar que los técnicos y especialistas que tienden a sustituir al pueblo con sus conocimientos especializados, es la de instaurar los colectivos de contraespecialistas y contratécnicos, es decir, colectivos con superior formación técnica o al menos la misma, pero con una muy superior formación teórico-política. Estos colectivos militantes deben actuar estructuralmente dentro del pueblo trabajador, de sus organizaciones y deben elaborar contrainformes alternativos a los informes de los técnicos despolitizados, que desgraciadamente seguirán existiendo durante un tiempo.

      De nuevo, aquí juegan especial papel las conquistas en la reducción drástica del tiempo de trabajo socialmente necesario y el aumento correspondiente del tiempo propio, libre; también de los poderes populares; también de los sistemas educativos y de reciclaje permanente y, en este sentido, de un sistema universitario cualitativamente superior. Dentro de toda esta red autogestionada de intervención del Trabajo, las nuevas tecnologías públicas, descentralizad y horizontales de la información son decisivas, como es obvio, porque permite a cualquier asociación de vecinos, por ejemplo, conocer de inmediato el estado de cuentas del ayuntamiento, y a cualquier persona acceder a la última información sobre los precios reales de las sardinas o del vino, que no de los precios ficticios.

      Lo tercero que tenemos que garantizar es el control creciente del "socialismo de mercado", cuestión ya implícita en los puntos anteriores y que ya en este grado de avance al socialismo aparece como una necesidad imperiosa en la extinción paulatina y colectivamente consciente del mercado. Es cierto que durante un período histórico más o menos largo, habrá que torear al mercado, vigilando sus tropelías en la regulación de empresas privadas, y en algunas, que no todas, las transacciones internacionales.

      Otra vez más, tenemos que volver a la contundente experiencia histórica y reafirmar los elementales principios de los clásicos marxistas, silenciados primero por la socialdemocracia y luego falsificados por el stalinismo. En el largo tránsito al socialismo, la potenciación de la cualidad de vida en base a la potenciación de valor de uso de los bienes producidos, que no sólo de las mercancías producidas, en este tránsito, el dinero debe ser rápidamente desmitificado, desinfectado y depurado de toda su esencia alienadora y convertido en un mal instrumento cada vez menos necesario. Esto no contradice la pervivencia durante un tiempo de la pequeña producción de bienes y equipos, pero no se debe decretar burocráticamente su drástica expropiación sino potenciar con medidas socialistas la demostración diaria de la superioridad del cooperativismo, de la autogestión, y de la eficacia del consejismo en las grandes empresas devueltas al pueblo mediante la comunalización de la propiedad.

      Aquí tenemos que volver de nuevo a las sabias costumbres de "propiedad prestada" existentes en las comunidades antiguas, propietarias colectivas de los bienes decisivos y que "prestaban" rotativamente su uso a las comunidades más pequeñas, o a los sistemas familiares entonces existentes. Estas sabias y efectivas prácticas son perfectamente aplicables en la actualidad gracias, primero, a la enorme capacidad productiva existente, que reduce drásticamente le tiempo de trabajo necesario; segundo, gracias a las nuevas tecnologías de la información en una democracia socialista y, tercero, gracias precisamente al conocimiento práctico acumulado por el Trabajo en su larga lucha emancipadora.

      Siguiendo con esta concepción, hay que desarrollar los sistemas de autoconsumo, autoproducción limpia y ecologista, de bricolaje, reciclaje, creatividad ahorradora, comercio justo, economía de trueque, potenciación de una nueva dialéctica de lo individual y de los colectivo, etc. Estas cosas pueden sonar a sueños imposibles, utópico y ucrónicos, pero solamente la más crasa ignorancia o la peor mala fe contrarrevolucionaria e inhumana pueden afirmar que no se pueden realizar porque nunca han existido en la práctica. Lo que nunca ha existido es la justicia dentro de una economía basada en la propiedad privada de los medios de producción y en la apropiación privada por una minoría del excedente colectivo producido por la explotación de la fuerza de trabajo de la mayoría.

      Concluyendo, lo cuarto y último que tenemos que garantizar es que el pueblo desarrolle toda su enorme capacidad creativa polivalente, policroma y polifacética de multiplicar sus necesidades no reducibles a mercancías, a dinero y al mercado. Hay que abrir la creatividad colectiva al universo impactante por su belleza ética de lo cualitativo, de lo no reducible a relaciones monetarias. Todos los procesos emancipadores generan expectativas iniciales que confirman la posibilidad real de estos logros impresionantes.

      Verdaderamente, ahora podemos decir bastante poco de esta capacidad humana porque es la más aplastada por la alienación capitalista. Pero todo se andará, y cuando hayamos llegado a esa fase sólo habremos entreabierto un poco la puerta que nos introduzca en la historia humana, en el comunismo, porque ahora estamos simplemente en la prehistoria.

      EUSKAL HERRIA
      16/12/2002


      BIBLIOGRAFÍA

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